Esto es un avance de la narrativa que impulsa mi juego. Antes de las mecánicas, antes de los sistemas, hay una historia. Este primer capítulo te introduce al mundo y a su protagonista. Considéralo un vistazo a la oscuridad que aguarda.
Otro día en el agujero. El Núcleo, lo llaman. Como si fuera el corazón de algo. Lo único que late aquí abajo es la mierda que baja desde arriba.
Dicen que hay gente que ha salido de aquí. Nunca he conocido a ninguno.
Yo hago lo que sé hacer. No me gusta. Pero se me da bien. Y eso es lo jodido de ser bueno en algo: nunca puedes dejarlo.
Me detengo frente a la entrada de la taberna. Bajo el cartel parpadeante, una montaña de músculo bloquea el paso. El tipo es descomunal, de esos que no necesitan hablar para que entiendas el mensaje. Brazos cruzados sobre el pecho, vestido de negro, fundiéndose con las sombras del callejón. Sus ojos, hundidos bajo un ceño perpetuo, escanean a cada alma que se atreve a acercarse.
Alzo ligeramente la barbilla. Él me devuelve el gesto, apenas un parpadeo prolongado. Mi mano roza la suya, dejo caer algo pequeño que desaparece en su puño. Ni una palabra. Ni un segundo de más.
Se aparta medio paso. Justo lo suficiente para que me deslice hacia el interior.
La taberna está sumergida en una penumbra opresiva. Las luces parpadeantes apenas iluminan el espacio, revelando figuras marchitas perdidas en sus propios mundos y conversaciones murmuradas. Hologramas intermitentes proyectan las últimas noticias del Imperio, ignorados por la mayoría. El suelo, un mosaico descolorido y agrietado, late al ritmo de una melancólica música electrónica. Un fondo constante para risas forzadas y voces quebradas.
Avanzo entre las mesas. Mis pasos resuenan mientras esquivo a un borracho desplomado en una silla. El tipo aprieta la botella contra el pecho como si fuera lo único que le queda en el mundo.
—…mmno… shempre lo mish… —farfulla al pasar.
A mi izquierda, una chica con maquillaje excesivo y un vestido que ha conocido tiempos mejores me lanza una mirada que pretende ser seductora. Este lugar sigue ganando encanto.
Al llegar a la barra, mis ojos se encuentran con los del barman: un tipo robusto como un bloque de hormigón, de tez curtida por el tiempo, con una nariz que ha sido rota más veces de las que vale la pena contar.
—Sammy.
—Locke.
Sammy “El Puños”. Cualquiera que haya vivido lo suficiente aquí abajo conoce ese apodo. Veinte años atrás, destrozaba mandíbulas en peleas callejeras por unos créditos. Ahora la gente se lo piensa dos veces antes de montar un escándalo en su local. No somos amigos, no… pero nos conocemos del barrio. En este pozo, eso ya es algo.
Deja un vaso sobre la barra y sirve un licor barato con un tono marrón, de los pocos que llegan a este nivel.
—Te han guardado mesa —murmura sin levantar la vista—. Esquina trasera.
Asiento apenas.
En una mesa cercana, dos tipos con cara de pocos créditos mascullan entre tragos.
—…otro puto decreto. Diez por ciento más. Como si no tuviéramos ya bastante encima…
—Calla y bebe. No tengo ganas de escuchar tus malditas penas— le responde.
Sobre ellos, una pantalla holográfica vomita las noticias con el volumen justo para ser ignoradas:
“…el Consejo Imperial ha aprobado nuevos gravámenes fiscales para los sectores inferiores… los recursos serán destinados al programa de expansión colonial… la nueva nave Discovery…”
Siempre exprimiendo a los mismos.
Tomo un trago. El licor me quema la garganta como debe, como me gusta.
Un altavoz crepita en algún rincón del techo, soltando la voz sintética de siempre:
”…¿Cansado de tu vida en los sectores inferiores? El Programa Colonial te ofrece un futuro. Nuevos mundos, nuevas oportunidades. Alístate hoy. El Imperio te necesita…”
—Joder, Sammy, apaga esa mierda.
Me lanza una mirada cansada pero no toca el altavoz. Nunca lo hace.
Pasa frente a mí, sirviendo a un tipo con la cara hundida en el vaso. El cliente murmura algo sobre el precio. Sammy no responde; se limita a mirarlo hasta que el tipo deja los créditos sobre la barra y cierra la boca.
La chica del vestido raído se desliza hasta mi lado. Huele a perfume barato y a supervivencia.
—Hola, guapo. ¿Buscas compañía?
No aparto la vista de mi vaso.
—Hoy no, preciosa.
Asiente y se aleja sin insistir.
Sammy vuelve a pasar. Sin mediar palabra, rellena mi vaso. Segunda copa. Tercera. El tiempo se arrastra como todo en este lugar.
En la esquina trasera, tres tipos ocupan una mesa. Dos de ellos discuten entre risas, distraídos jugando a las cartas. El tercero me sigue con la mirada desde que crucé la puerta. Tiene cara de pocos amigos y una cicatriz que le cruza la mejilla.
Justo a quien quería ver.
El ruido del grupo se intensifica. Uno de ellos, con la cara enrojecida por el alcohol, se pone de pie, levantando las cartas y acusando a otro de hacer trampa. Los demás se dividen entre risas y voces de apoyo al acusador. Mi oportunidad. Doy un golpe en la barra.
—¡Eh, capullos! —alzo la voz, mis ojos fijos en los alborotadores—. Algunos venimos aquí a beber en paz, no a escuchar cómo lloráis por cuatro créditos.
El grupo se calla de golpe. Todos los ojos se vuelven hacia mí. El de la cicatriz sostiene mi mirada durante unos segundos que parecen eternos. Un silencio tenso se apodera de la taberna, solo roto por el murmullo de las noticias y el zumbido de las luces.
Finalmente rompe el contacto visual, suelta una risa burlona y se vuelve hacia sus compañeros, murmurando algo inaudible. Risas.
Sammy se acerca con una mirada que dice “no quiero líos aquí”. Levanto mi bebida en un gesto tranquilizador y le doy un sorbo.
Por ahora, todo está bien.
Al salir de la taberna, el portero ya no está. Buen perro.
Camino perdiéndome entre la oscuridad del callejón.
El aire húmedo y denso se me pega a la piel. Una mezcla de olores asquerosos impregna el ambiente: humo químico de las fábricas, la peste de demasiada gente viviendo encimada y ese dulzor inconfundible de los cadáveres olvidados, desechos de las luchas diarias que se encuentran en cada rincón de este pozo.
Uno podría pensar que con el tiempo te acostumbras a ese olor constante. Uno podría estar equivocado.
En medio de ese ambiente opresivo, noto algo que me pone en alerta: el eco de pasos resonando detrás de mí. Dejo que mi hombro golpee la pared, un tropiezo convincente.
Nunca muestres todas tus cartas, siempre decía mi padre.
Al girar ligeramente la cabeza, distingo las siluetas de varios hombres aproximándose. Entre ellos, el tipo de la cicatriz que me desafió con la mirada en la taberna.
—¡Tú! —la voz del cabecilla corta el aire, arrastrada por el alcohol—. ¿Quién te has creído que eres? A mí nadie me habla así.
Uno de los tipos, con voz temblorosa, interviene:
—Jefe, espera… Es el Verdugo, joder. Será mejor que nos larguemos.
El cabecilla escupe al suelo.
—Me importa una mierda cómo le llamen. Esta noche va a morir.
Sonrío con sorna.
Sí que va a morir alguien esta noche.
Desenfundo.
Dos ráfagas azules. Directo al pecho del cabecilla. Su escudo cobra vida con un chasquido eléctrico, absorbe los disparos en una lluvia de chispas. El impacto lo hace resbalar sobre el suelo húmedo pero mantiene el equilibrio.
Mierda. Tiene escudo. Eso complica las cosas.
El primero de los matones se lleva la mano a la funda. Le tiemblan los dedos. El segundo es más directo: ruge algo ininteligible y saca un machete oxidado que ha visto mejores días.
El cabecilla se recupera más rápido de lo esperado. Cuando vuelvo a apuntar, ya tiene una escopeta de partículas en las manos.
Ruge.
Me tiro a un lado. Ruedo tras un contenedor. Calor en el hombro. Demasiado cerca.
El del machete no espera. Viene directo. Acero en alto. Le meto dos disparos en el pecho antes de que termine el arco. Se detiene en seco. Mira hacia abajo como si no entendiera qué ha pasado. Cae de bruces. Nunca lo entienden.
El cabecilla no pierde el tiempo. La escopeta escupe otra ráfaga.
Esta vez me da.
El impacto me golpea el costado como un puñetazo de hierro. Mi escudo cobra vida un segundo antes de que las partículas atraviesen la chaqueta, absorbe el daño en un destello azulado. Gruño. El dolor me recorre las costillas como un latigazo
El escudo aguantó. Pero no por mucho.
El matón de la pistola ha conseguido sacarla por fin. Mala suerte para él. Disparo primero. Su grito resuena por el callejón cuando se desploma, agarrándose el muñón donde antes había una pierna.
A diferencia de mí, esos desgraciados no llevan escudo. En el Núcleo, eso es un lujo que pocos pueden permitirse.
La quietud cae sobre el callejón. Solo el zumbido de las luces neón y el gemido ahogado del tipo sin pierna.
El cabecilla se ha refugiado tras un barril oxidado. Desde allí, su voz suena ronca de rabia:
—¡Hijo de puta! ¡Vas a pagar por esto!
Deberías haberle hecho caso a tu amigo.
Deslizo la mano bajo mi chaqueta. Un clic. Una figura idéntica a mí aparece a mi derecha, tan real que hasta proyecta sombra.
El cabecilla no lo piensa. Gira y dispara a la ilusión. El holograma parpadea y se desvanece. Para entonces, ya estoy en movimiento.
Salgo de cobertura. Abro fuego. Ráfagas amplificadas. Su escudo estalla en una explosión de chispas.
El primer disparo le arranca el brazo con el que sostenía la escopeta. El segundo, el otro brazo. El tercero le revienta la rodilla.
Se desploma entre alaridos. Un muñón rojo manando a cada lado de su cuerpo.
Los gritos se quiebran en sollozos.
—Por favor, no… Tengo una familia, mi hijo —su voz tiembla, el dolor y el terror palpables en cada palabra.
El tipo sin pierna ya ha dejado de gimotear. Muerto o desmayado. Da lo mismo.
Familia. Siempre tienen familia. Nunca se acuerdan de ella hasta que les apuntas a la cara.
Me coloco frente a él con el cañón de la pistola apuntando entre sus ojos.
—Frankie te envía saludos…
El nombre lo congela. Sus ojos se abren de golpe. La furia reemplazada por algo mucho peor: comprensión. La taberna. El altercado. Todo encaja en su mente.
No era él quien me había seguido a mí.
—¿Qué…? No, espera. —La voz le sale rota, patética—. Puedo pagar el doble, el triple de lo que te—
El disparo le silencia la boca para siempre.
La sangre caliente me salpica la mejilla. Espesa y pegajosa. Me la limpio con el dorso de la mano, dejando una estela oscura sobre mi piel.
La música de la taberna llega amortiguada desde el otro lado del callejón. Nadie vendrá a investigar. Nunca lo hacen.
Me acuclillo sobre el cuerpo de Rust. Con un parpadeo deliberado, activo el implante ocular. Un suave clic resuena en mi cráneo mientras la imagen queda grabada: el rostro destrozado, el charco oscuro extendiéndose bajo la cabeza, el tatuaje del cuello que lo identifica.
Hecho.
Mientras reviso los bolsillos del cadáver, mis dedos tropiezan con algo. Un pequeño disco metálico. Al tocarlo, una imagen holográfica cobra vida: un niño de cinco, quizá seis años, sonriendo con esa inocencia que solo existe antes de que el mundo te rompa.
Me quedo mirándolo más tiempo del que debería.
Aprieto la mandíbula. Cierro el puño sobre el disco hasta que el holograma parpadea y muere. Lo dejo caer junto al cadáver de su padre.
Otro huérfano más en este infierno. Así funciona esto.
Después de recolectar algunos créditos y otras pocas pertenencias de valor de los cadáveres, me levanto, sacudiendo el polvo de mi ropa.
Sin mirar atrás, me largo. Dejo atrás el callejón y el eco de los disparos.